Maestro Ben Diez
Abad de Zen Oviedo


  1. Somos un cuerpo
  2. Ejerce tu libertad
Pareja de patos mandarines, símbolo ancestral del amor fiel, la fidelidad conyugal y la unión armoniosa.
Pareja de patos mandarines, símbolo ancestral del amor fiel, la fidelidad conyugal y la unión armoniosa.

Oviedo, 16 de diciembre de 2025

¿De quién es esta mano
que nunca ha muerto?
¿Quién es el que nació en el pasado?
¿Quién es el que morirá en el futuro?

~ Gatha para mirarse la mano

Somos un cuerpo que aprendió a pensar como estrategia de supervivencia, que generó representaciones mentales del mundo y de sí mismo, y que terminó confundiendo esas representaciones con la realidad.

Antes de nacer hubo otros cuerpos esforzándose por sobrevivir. Cuerpos que daban a luz con terribles dolores, muchas veces perdiendo la vida en el intento, y que con frecuencia también perdían a sus hijos en los primeros años. Cuerpos que cuidaban de sus crías en condiciones brutales, casi siempre con el miedo metido hasta los huesos y la muerte rondándoles los talones: depredadores, enemigos, abusos y agresiones sexuales, enfermedades, sed y hambre recurrentes, frío y calor extremos…

Ahora que hemos nacido, viviremos un poco y luego moriremos. Después de la muerte no habrá nada, como no hubo nada antes de nacer. Los posibles futuros post mortem son solo otra de esas representaciones que hemos confundido con la realidad.

Lo que existe es el hambre y la saciedad, el frío y el calor, la fatiga y el descanso, el sueño y la vigilia, el golpe y la caricia, la traición y la lealtad… Al final, lo único que sacaremos en claro de este viaje es cuánto hemos amado y cuánto nos han amado. ¿Hemos aprendido a emparejarnos? ¿A cuidar de nuestras crías?

Como dijo el Qohélet:

«Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol».

¿Quieres saber quién sufrió y murió realmente para darnos la vida? ¿Quién cargó con la cruz durante miles de años? Mira tu mano: ahí está la respuesta, en cada célula. Y también una deuda y una responsabilidad inmensas. Somos el depósito temporal de esa gran cadena de cuidado, le debemos nuestra existencia a una estirpe de agonizantes que nos amaron sin llegar a conocernos.

Un secreto: el pan, miles de cuerpos entregados por nosotros; el vino, la alianza siempre renovada entre generaciones, sellada con sangre. Comer el pan y beber el vino para recordar que todo el amor que has recibido en tu vida —de padres, abuelos, pareja, familia extendida— es solo el eco lejano de ese amor inmenso y sin nombre que empezó hace cientos de miles de años, un amor que ha llegado hasta ti a través de una cadena ininterrumpida de cuerpos rotos que, contra infiernos y mareas, decidieron seguir cuidando.

Y ahora te toca a ti unirte a tu mujer o a tu marido para haceros «una sola carne» y seguir pasando la antorcha de la vida. Y si no has podido tener hijos, cuidar igualmente de otros y pasar el espíritu de tus antepasados. O quizá romper la cadena. Ser ese eslabón que finalmente se rinde y se rompe. Tú decides.

Eso es todo. Y no es poco. Es muchísimo.

¡Paz!

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Oviedo, 1 de marzo de 2025

«Quiero ser libre y hacer lo que quiera cuando me dé la gana, por eso no me comprometo con nada ni con nadie.» Hoy en día, muchos llevan esta gran filosofía como estandarte.

Suena bien. Suena rebelde. Pero hay un problema: la mayoría ni siquiera puede decidir en qué estará pensando dentro de dos minutos. Orgullosos de su libertad, no se dan cuenta de que son esclavos de sus impulsos, sus miedos y sus distracciones. No dirigen su vida; son dirigidos.

La Realidad impone límites. No puedes evitar envejecer, no puedes evitar morir, y no puedes evitar que si hoy no haces nada, mañana estarás exactamente en el mismo lugar. Pero algunos creen ser más astutos al no comprometerse con nada, convencidos de que así conservan su libertad.

Veamos su gran estrategia en acción.

Imagina a alguien atrapado en una rotonda, girando sin cesar. Cada vez que una salida aparece ante él, murmura: «No me engañas. No voy a tomar ninguna salida, porque quiero ser libre, quiero elegir la que me dé la gana, cuando me dé la gana».

Y ahí sigue, dando vueltas como un imbécil, orgulloso de su inmovilidad. «No me engañas, no me engañas.» Pero al final del día, ¿qué ha hecho? Nada. No ha ido a ninguna parte.

La indecisión disfrazada de libertad no es más que miedo. Tomarse un tiempo para decidir está bien. Reflexionar es necesario. Pero cuando la demora se vuelve hábito, cuando la indecisión se convierte en refugio, ya no es prudencia: es parálisis.

La verdad es simple: la libertad no es un estado, es una acción. No se trata de poder elegir, sino de elegir realmente. Antes de tomar una decisión, la libertad es potencial; solo se actualiza (se ejerce) cuando escogemos una dirección y renunciamos a las demás.

Ahí está la clave: sin renuncia, no hay libertad real; cuando escoges una salida, al mismo tiempo renuncias al resto. La libertad en la vida real consiste en asumir la renuncia como parte del juego.

La persona en la rotonda podría haber sido muchas cosas, dentro de los límites que impone la Realidad. Pero al negarse a decidir, no es ninguna, o más bien, ha decidido convertirse en una persona que solo sabe dar vueltas en una rotonda, víctima de su filosofía defectuosa. Se ha convertido en una persona trágica que, en nombre de la libertad, se ha negado a ejercerla.

Esto no es una teoría. Es algo que cualquiera puede sentir en su propia piel. Y cuando comprendes esto —no solo con la cabeza, sino con todo el cuerpo—, hay un kōan tradicional que de pronto se vuelve claro.

El maestro zen chino Yúnmén (hacia 862–949), en cuyo monasterio tuve la oportunidad de pasar unos días en el verano de 2002, dijo a sus discípulos:

«Monjes, vivís en un mundo inmenso, lleno de posibilidades. ¿Por qué, entonces, os ponéis la túnica de siete piezas cada vez que suena la campana que convoca a la sala de meditación?».

La pregunta podría parecer absurda, pero apunta a una verdad profunda. La libertad sin dirección es humo. Solo quienes se atreven a ejercerla son realmente libres. Porque la libertad no consiste en mantener abiertas todas las puertas, sino en cruzar una y aceptar que las demás se cierran.

Quien no renuncia a nada, no ha elegido nada. Y quien no elige, no es libre. La persona en la rotonda cree conservar su libertad al no tomar ninguna salida. Pero, en realidad, ha renunciado a llegar a ningún destino. Esa es la peor renuncia: la que no se elige, la que se sufre sin saberlo. Ser libre no es resistirse a la renuncia, sino asumirla con claridad y firmeza.

¡Paz!

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Última revisión: 3 de enero de 2026